Cien años de magia
por Graciela Browarnik
El 24 de junio de 1909, nacía Javier Villafañe. Poeta, titiritero, trotamundos, como le gustaba definirse, Javier supo ser revolucionario y tierno, audaz y contestatario, padre y maestro, ejemplo de tantos y tantos.
La prueba es que, a cien años de su nacimiento, sus “compañeros de ruta” y admiradores han decidido darse cita en el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”, sumándose a su familia, para celebrar la ocasión. Y la lista de convocantes es, de por sí, una “selección” latinoamericana del mundo de la cultura. Vayan apenas unos nombres a modo de muestra: Carlos Alonso, Osvaldo Bayer, Sarah Bianchi, Jorge Boccanera, Leopoldo Castilla, Patricio Contreras, Julieta Díaz, Jorge Dubatti, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Leonor Manso, Pablo Medina, Ruth Monjardín, Coco Romero, Nora Lía Sormani, Nelly Scarpitto. Y a ellos, sin duda, se sumarán todos los que han conocido la magia de sus relatos, sus títeres, sus poemas.
Según cuenta su hijo, Juano Villafañe, al que llamó Juan Cristóbal por el libro de Romain Rolland, Javier siempre fue comunista, tanto que “convirtió” al comunismo a una católica ferviente, su madre, la titiritera Elba Fábregas.
Javier Villafañe decía que para ser revolucionario hay que ser un poco anarquista, un poco socialista y, fundamentalmente, comunista.
Como muchos otros comunistas, Javier fue un crítico del stalinismo, tanto de su política como del realismo impuesto como estética, no de la Unión Soviética en tanto acontecimiento histórico político y cultural. La visitó en muchas ocasiones prácticamente durante todo el periodo que existió, desde los años ‘40 hasta los ‘80. Y fue también, como hombre universal de Latinoamérica, un gran defensor de la Revolución Cubana.
Desde la década de 1930, allá por los tiempos en que el teatro de títeres surgía con nuevos bríos y como género por derecho propio en la Argentina -merced, entre otros, al duende que Federico García Lorca trajera a nuestras tierras, para que se afincase definitivamente-, Javier fue de los primeros en emprender el viaje de los muñecos que hablan. Y lo hizo literalmente, montando su retablo en una carreta, con toda justicia llamada La Andariega. A bordo de ella llevó su magia -que ya entonces era realista latinoamericana, realista de la realidad y no de rey alguno- por los caminos de nuestro continente. Por la Argentina primero y luego por Venezuela, Ecuador, Bolivia, México. Más tarde, recorrería los caminos del Quijote en España, siempre como titiritero, convertido para siempre en Maese Trotamundos, como se bautizó en uno de sus libros.
Para cuando inició su vida andariega, su condición de contador de cuentos (narrador o cuentista son los términos académicos, que Javier solía no frecuentar) comenzaba a saberse y a reconocerse. En colaboración con Juan Pedro Ramos, dio al público El Figón de Palillero, su primer libro (Colombo, Buenos Aires, 1934). Poco después, un concurso del diario La Prensa seleccionó uno de sus cuentos, y ese mismo año apareció una primera selección, ilustrada, de seis de sus piezas, Títeres de La Andariega (Asociación Ameghino, Luján, 1936; afortunadamente reeditado, Colihue, Buenos Aires, 1989). A ellos seguiría una lista de treinta y tantos libros publicados: los poemas de El Gallo Pinto (La Plata, UNLP, 1944, reeditado en diversas ocasiones) y de Atá el hilo y comenzá de nuevo (Buenos Aires, Losada, 1960), sus relatos alados (Historias de pájaros, Buenos Aires, Emecé, 1957, y Cuentos con pájaros, Buenos Aires, Hachette, 1979) y la variedad de cuentos, microcuentos, juegos-cuentos reunidos en obras como Circulen, señores, circulen (Buenos Aires, Hachette, 1967, y varias reediciones), La cucaracha (Buenos Aires, Hachette, 1967) o Paseo con difunto (Buenos Aires, Emecé, 1991), entre tantos otros. Además, claro, de la edición de sus obras para títeres.
El propio Javier se maravillaba de haber escrito tanto, y solía contar al respecto una anécdota, que le había sucedido en Nápoles. Allí, encantado con la obra de un titiritero popular callejero, fue a felicitarlo y se le ocurrió preguntar qué otras piezas tenía en su repertorio. El hombre le contestó que la había aprendido de su padre, a quien se la había enseñado su abuelo, y así por generaciones, y que ahora que su hijo estaba en edad de aprenderla, se la iba a enseñar para que continuara representándose en el futuro. Y remató: “Y si a usted le gustó la obrita, ¿para qué quiero tener otra?”.
En sus andanzas por el mundo, solía pedir que le contaran cuentos. Así surgieron cuatro recopilaciones (Los cuentos que me contaron, Universidad de Los Andes, Caracas, 1970; La gallina que se volvió serpiente y otros cuentos que me contaron, Universidad de Los Andes, Caracas, 1977; Los cuentos que me contaron por el camino de Don Quijote, Alfadil Laia, Caracas, 1987, y Los cuentos que me contaron por los caminos de Aragón, Zaragoza, Cultural Caracola, 1990). También solía despertar vocaciones. Una tarde, en Mendoza, en casa de una familia amiga, conoció a un chico que entusiasmado aceptó mostrarle un títere que había fabricado, y estuvieron montando una obra. El chico, Ariel Bufano, con el tiempo sería asistente de Javier (”guante”, en la jerga de los titiriteros) y un continuador de esta tradición de contar historias con títeres y de formar en el oficio a nuevas generaciones, con el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín.
Javier Villafañe siempre estuvo vinculado al acontecer cultural y, como intelectual que era, también a los avatares políticos.
En los 40 se enfrentó a Perón, quien le había mandado una carta manuscrita pidiéndole que se hiciera cargo de un futuro ministerio del niño en la Argentina. Javier, antiperonista, rechazó la oferta, a pesar de tener, en esos tiempos, un medio hermano, Hipólito Paz, que fue embajador en Washington.
En tiempos de Onganía, en 1967, su libro Don Juan el Zorro fue objetado y retirado de circulación por la dictadura militar imperante en la Argentina. Este cuento, dedicado a los jóvenes, trata la historia de un zorro que hace de las suyas y, al morir, va a parar al infierno. Allí el diablo le muestra, orgulloso, su sistema de calderas y de antros donde las almas de los difuntos son sometidas a distintos tormentos. Al ver esto, el zorro comenta, socarrón, que en el infierno están mucho más atrasados que en la tierra, donde ya cuentan con una picana eléctrica, mucho más práctica como método de tortura. Censurado el libro y sin trabajo en el país, Javier decidió radicarse por un tiempo en Venezuela donde, trabajando para la Universidad de Los Andes, fundó un Taller de Títeres para formar artistas de esa disciplina. En 1978, con el auspicio del gobierno venezolano, repitió su experiencia trashumante en el Viejo Continente: con un teatro ambulante recorrió el camino de Don Quijote a través de La Mancha, en España.
Otro largo exilio, durante la dictadura iniciada en 1976, culminaría en 1984. Fiel a sí mismo, cuando le dijeron que Buenos Aires era una ciudad mágica, no dudó en responder: “Sí, mágica… en cualquier momento uno puede desaparecer”.
En su retorno a la Argentina, siguió su labor mientras pudo, con funciones especiales y talleres para jóvenes titiriteros, hasta el primer día de abril de 1996, cuando se nos fue. Pero como buen mago, nos dejó una recomendación:
Atá el hilo y comenzá de nuevo;
atalo a dos puntas,
al último pelo de la barba.
Es necesario
-tan después y siempre,
tan de antes-
estar atado a un hilo
[...]
trenzando el hilo,
dándole raíces
para que encuentre
un cuerpo
la forma de la tierra.